El ladrón de la pereza

Esta historia tuvo lugar en uno de los suburbios más adorables de la ciudad de Barcelona. Su reputación hizo que bautizaron sus calles como el asfalto de la felicidad. Los vecinos llenaban la avenida principal con músicos improvisados, caderas bailongas y sonrisas sedientas. Los más pequeños se contagiaban de aquel ambiente siendo los pobres más ricos de Barcelona.

Los años pasaron y la brisa del mar fue erosionando las dunas de la alegría hasta hacerlas desaparecer. Encerraron las sonrisas bajo llave castigadas por tantos años de libertad. El desánimo, la tristeza y la melancolía atemorizaban a cualquiera que se atrevía a recordar los días dorados de aquellas tristes calles. Los ventanales y las puertas se quedaron ciegas, nunca veían la luz del día, cerradas eternamente. La pereza llegó para quedarse.

El vandalismo empezó a reinar en el barrio y los ladrones se hicieron un hueco entre todos los malhechores. Cualquier ocasión era buena para robar y destrozar lo que les rodeaba. La situación llegó a tal extremo que los mismos ladrones ya no tenían nada que robar, todo había empobrecido tantísimo que ellos fueron los siguientes. La liga de los ladrones se reunió para hablar y buscar una solución, pero a nadie se le ocurría nada mejor que atracar en otro barrio y saquearlo como si de una historia de piratas se tratara. Así que todos fueron desfilando con lo puesto y con los días, la pandilla de los ladrones fue desapareciendo. Todos menos uno, un joven ladronzuelo que no dejaba de creer en una solución.

Los días pasaron hasta que un domingo por la tarde se encontró con uno de los abuelos del pueblo, se sentaron y en voz baja le empezó a explicar las historias que habían vivido aquellas calles. El joven, sorprendido, no podía creer lo que estaba escuchando. Los ojos se le abrieron de golpe. Ya tenía la solución. “Devolveré la alegría al barrio, les robaré lo único que les queda: su pereza”.

De esta forma todo volverá a ser como antes.